La cultura también se decide en silencio
Cuando se habla de cultura organizacional, suele pensarse en valores declarados, programas internos o iniciativas visibles. Sin embargo, la cultura real se construye en otro plano: en las decisiones cotidianas que toman los líderes cuando no hay cámaras, comunicados ni discursos.
La forma en que un ejecutivo prioriza, cómo responde ante el error, qué comportamientos valida y cuáles corrige, qué conversaciones evita y cuáles habilita, es lo que termina moldeando la cultura de una organización. Mucho más que cualquier manifiesto.
En contextos atravesados por la inteligencia artificial, la presión por la eficiencia y el cambio permanente, este fenómeno se vuelve aún más evidente. La tecnología acelera procesos, pero no define el criterio con el que se toman las decisiones. Ese criterio sigue siendo humano. Y profundamente cultural.
Por eso, evaluar talento ejecutivo hoy implica ir más allá del desempeño visible. Implica observar cómo decide en la ambigüedad, qué tolera bajo presión y qué señales envía —explícitas o implícitas— a sus equipos. Cada una de esas decisiones, aunque parezca menor, construye cultura.
La cultura no se instala.
Se practica.
Y se practica, sobre todo, a través del liderazgo. Por eso, antes de preguntarse qué cultura quiere construir una organización, conviene hacerse otra pregunta: qué tipo de decisiones están tomando —y naturalizando— sus líderes hoy.
Si la cultura se construye a través del liderazgo, entonces la forma en que elegimos a quienes lideran no es neutral. Es una decisión estratégica que excede el rol y alcanza al futuro de la organización.
